No creo traicionar secreto alguno de orden iniciático al referir lo que aconteció en aquella misteriosa Estancia a donde había sido conducido y en la cual confluían, según pude apreciar siete galerías como aquella por la que habíamos llegado allí, lo cual me hizo pensar si tendría que ver este número de galerías con las cualidades de Rayo de los discípulos que allí nos habíamos congregado. Lo que sí he de advertir es que, desde el momento mismo en que había penetrado en aquella Estancia, mi mente se había sentido más profundamente despierta y mi corazón más lleno de amor impersonal. Algo profundamente sutil, infinitamente inenarrable, estremecía desde sus más hondas raíces los vehículos sutiles de mi conciencia. En aquel sagrado lugar se respiraba un clima de intensísima, pero al propio tiempo, serena expectación y el rostro de todas las personas que veía a mi alrededor traslucía profunda calma y una paz serena. Yo, al igual que todas ellas, me encontraba silenciosamente recogido, sin noción alguna de tiempo que alterase aquel estado de conciencia. Mi paz formaba parte en aquellos momentos de las infinitas leyes de participación cósmica que enlazan la vida de Dios con la de todas Sus criaturas conscientes de Su infinito Amor. La indescriptible paciencia de SANAT KUMARA -cuyos días suman muchísimos miles de años- formaba parte de aquella augusta y serena complacencia mística que el MAESTRO denomina ‘serena expectación’ y que resiste imperturbable el paso incesante de las edades de la evolución o de aquellos indescriptibles mantos de eternidad con los que EL SEÑOR DEL MUNDO recubre todas Sus vastísimas expresiones...