“…incluso las posesiones espirituales también están actuando en nosotros en forma de seguridad: la seguridad en el Maestro, la seguridad en las propias fuerzas, llega un momento en que todo eso se pierde, o debe perderse, y el proceso avanza muy rápido si uno empieza a perderse ahora, como decía San Agustín: “Hay que morir cada día un poquito para encontrar la vida eterna”,…”
Tales auras de resplandeciente LUZ, que ha justificado su designación esotérica por parte de los cualificados investigadores del mundo oculto, les rodea de un halo inconfundible de respeto y confianza cuando son contactados por las personas «que acaban de traspasar el velo de la materia», las cuales, en aquellos momentos, se hallan llenas de confusión y desconcierto. Aparecen en el momento justo, cuando el alma, por razones kármicas, debe abandonar el cuerpo físico y restituirlo a la Madre Naturaleza que se lo confió en el momento cíclico del Nacimiento. Tal como puede leerse en «El Libro de los Iniciados» en relación con estos Resplandecientes Devas.
Vicente se animó a escribir y/corregir el libro Tratado Sobre Fuego Cósmico tras la petición de una editorial y viendo también que la versión en castellano tenía “aspectos mejorables. Este trabajo lo dejó escrito en 19 cuadernos que no han salido a luz pública hasta ahora. Para facilitar las diferencias entre la versión en castellano y la versión de Vicente hemos incluido las dos versiones en una tabla.
Si queremos ser creadores debemos estar atentos, es decir, cuando hablo de serena expectación estoy diciendo aquella atención que no es una disciplina, que es un recogimiento suave, que es un dejarse moldear por estas fuerzas cósmicas, no por las fuerzas ambientales, que no es lo mismo. Es decir, es vivir sin crear los gérmenes de la cristalización. Simplemente esto.